
Muchas son las bocas, mucho es el ruido que oigo a diario, mas pocos son los oídos dispuestos a escuchar, a arrimar. Me ha abandonado el éxtasis, me ha dejado la euforia, me ha dejado tirado, arrastrándome desnudo con el único abrigo del dolor que ha dejado de rastro. La fortaleza y seguridad se han esfumado, han sido pasto de las llamadas y de la desaparición espontánea, nada queda ya de esa firme resolución, de ese paso decidido; ahora solo queda una mirada sombría y perdida, alumbrada en el vacío que brilla en los ojos de todos los que han perdido la esperanza. Nada queda tan siquiera de mí, soy polvo de mis propias ruinas, el viento se ha llevado lo poco que me quedaba, nada soy, y nada estoy destinado a ser. No queda sitio para las sonrisas, el baúl de los recuerdos está lleno y han quedado desterradas. De nuevo es mucho el ruido, puedo oír muchas voces, pero a duras penas alcanzo a escuchar lo que dicen. Me aíslo, me encierro en mi burbuja de recuerdos, donde las horas muertas que ya no marca el reloj alumbran mis sombras y pesares, donde el dolor se queda fuera esperando a que vengas a cogerme de la mano para recoger mis restos cuando el dolor vuelva a instalarse en mi interior.
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