
Me abruma la realidad, algo que escasea últimamente. Vivimos inmersos en el delirio fantástico de nuestra sobrevalorada supremacía hegemónica, hegemonía que nos ensalza a destruir todo aquello que nos rodea, todo aquello que pueda hacer que nos sintamos mejor, conllevando consigo una autodestrucción atroz e imparable. Autodestrucción pactada por nuestros defectos y los segundos del reloj, cada pedazo de nosotros tiene programada su autoinmolación irreversible. Este proceso de exterminación propia pactado con el propio tiempo, está sujeto a un pacto de silencio, silencio atronador que retumba y retumbará debajo de nuestras podridas y necrosadas gargantas, que llenas de mentiras, improperios y palabras vacías callan la barbarie genocida. En el epicentro de la abominación, de este tumulto de destrucción, extinción, amputación, degeneración, está el placer, fruto de todos los caprichos existentes, causantes de la peor de las pesadillas, la instaisfacción. El ser humano vive buscando la satisfacción propia, (aunque queda una pequeña porción de la población terrestre, que pese a ser una gran y aplastante minoría, se preocupa de la satisfacción agena) destruyendo todo aquello que pueda en el proceso de autosatisfacción, añadiendo incluso, corazones, miradas, relaciones, personas. Somos los únicos capaces de dañarnos entre nosotros mismos a propia voluntad, en carencia de toda necesidad inapelable y argumento pausible. Amaneceres dorados, la dulce brisa del crepúsculo veraniego, el reflejo de la luna llena sobre el mar, el color amarillo de las hojas de los árboles en otoño, las gotas de lluvia deslizándose ventana abajo, contemplar el azul del cielo tumbado en el césped mientras escuchas el cantar de un ruiseñor, una risa, una lágrima, un beso, una mirada. La belleza desaparece de este mundo, a la par que la compasión se ausenta en nuestros corazones, para emborracharse en un garito de mala muerte.
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