Todos tenemos en nuestro interior un poco de oscuridad, mezquindad, crueldad y cinismo que pugna por salir en todo momento. Algunos aprovechan para cebarse con sus más allegados, otros alcanzan sus metas alzándose sobre cualquier otro que las comparta, hay quienes cargan su amargura sobre hombros ajenos y también quienes apuntan con la flecha de su maldad a todo aquel que osa enfrentarse a él. Pero algunos, movidos por algún atisbo de bondad y por la poca educación que podamos haber recibido de esta pútrida y corrupta sociedad, descargamos nuestros pesares en palabras, en ciudades literarias, en mundos ficticios de prosa y verso en los cuales, sólo el ignorante, corre el peligro de perderse.

miércoles, 19 de enero de 2011

Extraños.

Témpanos de orgullo desflorecido,
rayos de luz nocturna,
tumba de las penas ajenas,
baluarte de lo rebelde y de lo establecido.

Porque me gusta, porque lo quiero:
 caprichos de divinidad fugaces
que pasan factura al cabo de los años,
nos privan de lo real, y también nos roban el cielo.

No existe el ayer y tampoco el mañana,
no queremos reconocer 
que el hoy nunca muere.

No podemos ver que el tiempo nos extraña,
que su paso ha de ser,
imaginación, un sueño y la muerte.

Somos extraños de un mundo,
lugar que soñamos nuestro,
que le pertenece al vacío:
que siempre ha sido suyo.

Quiso un necio soñar,
y sus sueños, por no ser reales,
no lo dejaron marcharse,
nunca pudo volar.





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