Todos tenemos en nuestro interior un poco de oscuridad, mezquindad, crueldad y cinismo que pugna por salir en todo momento. Algunos aprovechan para cebarse con sus más allegados, otros alcanzan sus metas alzándose sobre cualquier otro que las comparta, hay quienes cargan su amargura sobre hombros ajenos y también quienes apuntan con la flecha de su maldad a todo aquel que osa enfrentarse a él. Pero algunos, movidos por algún atisbo de bondad y por la poca educación que podamos haber recibido de esta pútrida y corrupta sociedad, descargamos nuestros pesares en palabras, en ciudades literarias, en mundos ficticios de prosa y verso en los cuales, sólo el ignorante, corre el peligro de perderse.

domingo, 3 de febrero de 2013

Juventud

Aquella aula vacía trajo a mi memoria retazos de unos años que han quedado para muchos de nosotros muy atrás, una nube etérea de polvo y tiza, palabras flotando en mi memoria y en el aire. Recuerdos, vivencias que jamás olvidaremos, que aún incluso pareciendo desvanecerse, abandonarnos cruelmente permanecerán en lo profundo de la memoria durante años. Aquellos trazos blancos hablan de cansancio, experiencia y hastío mezclado con la esperanza de que el nuevo día no sea igual que el anterior.  Cuentan historias de amor adolescente, de normas rotas a la sombra de viejas amistades que durarán para siempre. 
Cada palabra nos cuenta un viejo cuento de maestros y aprendices, de una obra cómica y teatral que, pareciendo cambiar su aspecto más intranscendetal a lo largo de los años, es y será siempre la misma.
Cada pupitre es eterno e imperturbable. Allí parado en el silencio cada uno de ellos parecía querer contarme las historias de sus habitantes diurnos, competían entre si por quien podría contarme mas anécdotas sobre esos diabólicos seres, que pasan sus horas de juventud tallando y escribiendo sus nombres sobre ellos.
El silencio se apodera del aula tras el ensordecedor ruido que domina las mañanas. Esas cuatro paredes parecían poder contar cada una dellas sus historias, cobrar vida propia y reírse de ver cometer siempre las mismas imprudencias y errores. Todo parece solemne y melancólico en ese lugar al atardecer, ese lugar que sin embargo durante el día había sido la representación más fidedigna del infierno en este planeta. Me pareció oír mi risa retumbando en aquel aula, la voz del profesor elevándose sobre el bullicio. Pero aquellos recuerdos poco significaban ya para mí.
Salí de allí, con una carpeta de recuerdos, olor a tiza y a juventud pegados en la piel.

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