Puedo buscar en tu mirada, puedo sentir tu aliento en mi nuca, como entrelazas tus dedos con los míos, como te hundes en el mar de mis pensamientos, y como con un último beso sellas las heridas de nuestros corazones. En este último adiós, el abismo de nuestras inestabilidades ha quedado desterrado para la posteridad. Siempre recordaré el tacto de tu piel, y el calor de tu sonrisa, el calor de tu abrazo, la dulzura de tus caricias, la cercanía de tu cariño. Nunca podré olvidar nuestros días, nuestras horas, y todos los momentos que nos han llevado a ser quienes somos. Vayas donde vayas, siempre te acompañaré, pues un gran pedazo de mí viaja dentro de ti. Un último adiós, y una última mirada, cargada de mil palabras silenciosas, de últimos reproches, de lágrimas de olvido, que marcan los días y los años, que nos quedan por venir. Juntos o separados, siempre, contigo.
Todos tenemos en nuestro interior un poco de oscuridad, mezquindad, crueldad y cinismo que pugna por salir en todo momento. Algunos aprovechan para cebarse con sus más allegados, otros alcanzan sus metas alzándose sobre cualquier otro que las comparta, hay quienes cargan su amargura sobre hombros ajenos y también quienes apuntan con la flecha de su maldad a todo aquel que osa enfrentarse a él. Pero algunos, movidos por algún atisbo de bondad y por la poca educación que podamos haber recibido de esta pútrida y corrupta sociedad, descargamos nuestros pesares en palabras, en ciudades literarias, en mundos ficticios de prosa y verso en los cuales, sólo el ignorante, corre el peligro de perderse.
domingo, 3 de octubre de 2010
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