Todos tenemos en nuestro interior un poco de oscuridad, mezquindad, crueldad y cinismo que pugna por salir en todo momento. Algunos aprovechan para cebarse con sus más allegados, otros alcanzan sus metas alzándose sobre cualquier otro que las comparta, hay quienes cargan su amargura sobre hombros ajenos y también quienes apuntan con la flecha de su maldad a todo aquel que osa enfrentarse a él. Pero algunos, movidos por algún atisbo de bondad y por la poca educación que podamos haber recibido de esta pútrida y corrupta sociedad, descargamos nuestros pesares en palabras, en ciudades literarias, en mundos ficticios de prosa y verso en los cuales, sólo el ignorante, corre el peligro de perderse.

viernes, 11 de junio de 2010

Entrañas.

Túmulo de metáforas incompletas, de exageraciones desmesuradas, de símiles fracasados, de aliteraciones malsonantes, de anáforas solitarias, de paralelismos asimétricos. El caos parece agitarse a ritmo de metrónomo mientras la libertad se cuela entre los agujeros de nuestra soledad. Promesas que se hunden y se entierran en lo más profundo del alma, clavándose como una espina, como un clavo, como una flecha. Ese agujero negro apenas puede dejarme ya hablar, y este laberinto de inconexiones neuronales y de enagenación sentimental el fracaso y la decepción adornan la partitura de mis ojos, transformando la más viva de las bagatellas en una marcha fúnebre. Se han enzarzado mis decisiones en un pasodoble desacompasado, en un tango mal bailado que el metrónome del caos me ayuda a desencajar. En el desorden de mi mente, le he ganado una batalla al tiempo, que no ha conseguido quitarte de mi memoria, que no ha conseguido arrancarte de mis entrañas.

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