
El viento empujaba un mechón rubio delante de su cara, sin llegar a taparle los ojos, que tenía que apartar continuamente. Contemplaba desde el portal como los primeros rayos del sol del día iluminaban el pequeño sendero de floridas azaleas que llevaba hasta la casa. Siempre acudía allí cuando sentía frío, para que su imagen calentara los rincones más insoñables de su interior, para alimentar los latidos de un corazón maltratado por los pinchazos del paso del tiempo. El roble que estaba a la derecha del portal dejaba pasar unos pequeños rayos de sol que creaban unos reflejos rojizos en su pelo. El rojo le recordaba a él. Las persianas verdes estaban bajadas, igual que ayer, y que anteayer, y que hace dos días, y que hace una semana, igual que hace un mes, y que hace un año. Sus ojos se abrían cada día con la esperanza de que él tuviera el valor de cumplir su promesa y volviera. Había aceptado no irse con él a cambio de que regresase pronto, y después de dos años, aún no había vuelto. Cada tarde, hiciese sol o lloviese, calor o frío, soplase una agradable brisa o se hubiera levantado un vendaval siempre acudía siempre al portal de su casa, a la sombra del roble, y a que el viento empujase el mechón rubio del flequillo sobre su cara. Podría caer fuego del cielo, surgir la III Guerra mundial, podría enfermar y seguir viniendo todos los días, pues pasara lo que pasase, nunca se cansaría de esperar.
Ansiaba ver esos ojos azules que la abrazaban desde la distancia, y esos brazos protectores que rodeaban su cintura cada vez que se rencontraban después de llevar tiempo sin verse. Por no hablar de esa sonrisa que podía provocar un paro cardíaco, que podría pasar horas mirando sintiendo la paz inundar su interior; mas el frío de su ausencia la asalta a diario, y pese al tiempo, no ha conseguido olvidar el enorme agujero que le queda en su interior. Un día más se cansa de esperar en el escalón del portal y toma rumbo hacia su casa.
El amor puede ser un motor realmente grande,y aunque a algunos se les acaba el combustible sabía que jamás se cansaría de esperar.
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