En algún momento la desesperación acude a nosotros, nos atenaza, nos impide afrontar la pérdida, se junto con los recuerdos que acuden raudos a invadir nuestra mente y hacernos sentir de nuevo su respiración en nuestra nuca, un beso fugaz en la frente al despedirse, el tacto de unos dedos suaves al acariciar nuestra mejilla, nuestros párpados, nuestra espalda, la presión de unos brazos abrazando nuestro pesar. Se mezclan recuerdos, melancolía y el golpe de la cruda realidad al desvanecerse las antiguas sensaciones, la añoranza golpea con puño de hierro en nuestro espacio sideral interior. Las horas distantes y el resto de tristeza en sus ojos al pronunciar el último adiós se confunden en los recodos profundos de nuestra aturdida memoria.
Cuando nos parece verlo al doblar una esquina, al abrir los ojos al iniciar el día, todo vuelve a romperse y desertamos de nosotros mismos con la esperanza de que algún día, todo el dolor la pena y el recuerdo de tan intensas emociones queden perdidos en algún vacío desconocido de nuestra desastrosa memoria.
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