Todos los problemas del hombre comienzan en su mayor defecto. Todo tiene un mismo comienzo, que irónico, que cínico y mezquino es el destino que hace divergir un único punto inicial en millones de inverosímiles finales. Todos los problemas del hombre tienen su raíz en la creencia de tener el poder para cambiar las cosas que no pueden ser diferentes por voluntad propia de forma alguna: a nosotros mismos y el paso inexorable del tiempo.
Creemos que como personas tenemos el poder de cambiar, que podemos transformarnos en alguien completamente distinto a quien hemos sido hasta un intangible momento en el que tomamos la decisión de reinventar nuestra forma de ser. Creemos que no somos víctimas de nuestra propia e inherente soberbia. Creemos que podemos desarrollar atributos que no estén dentro de nosotros, que podemos pasar a ser "otra" personas cuando realidad podemos llegar ,como mucho, a desenterrar cualidades ocultas por un entorno hostil a su abierta exhibición o pasar a mostrar abiertamente alguna parte de nosotros voluntariamente oculta, por honor, debilidad o vergüenza.
Creemos que podemos detener la caída del cabello, las arrugas, la desaparición del brillo en la mirada, la extinción del fuego que nos aviva por dentro, la felicidad que engrasa el engranaje de nuestro ejército emocional. Pensamos que podemos permanecer ajenos al paso del tiempo, como una pequeña isla en medio de un gran río de cuya destrucción a conseguido escapar.
Nacemos inconscientes de todo el dolor que nos rodea, de la maldad ajena y más aún de la propia, ignoramos toda la desolación que habita a nuestro alrededor, en cada fotografía, en cada mezquina palabra, en cada recuerdo, cuadro, edificio, sumidero, escuela o dormitorio, en cada bosque, desierto, profundidad oceánica o páramo por conocer. Crecemos asimilando poco a poco el galimatías de horror por el que tendremos que luchar, por la cantidad de monstruosidades que tendremos que afrontar para pasar a formar parte del atroz sistema que las genera. Envejecemos mientras nos inmunizamos, algunos muchos más que otros, hasta que olvidamos hasta nuestro propio nombre. Vivimos, perdemos y ganamos amistades, alcanzamos el éxito o cosechamos el mayor de los fracasos de nuestra insignificante existencia, y en ningún momento somos conscientes de que nada de lo que nos rodea, nada de aquello que no haya sido creado por nuestro delirio febril y senil fantasía no puede ser diferente.
El ingenuo, siempre será ingenuo, el dominante y valiente siempre sera dominante y valiente, y el cobarde nunca dejará de serlo. Una cosa diferente, es el valiente acobardado, el cobarde envalentonado, el generoso siendo tacaño y el tacaño siendo generoso. El sincero diciendo una mentira, o el mentiroso dejando traslucir la pura verdad. El vehemente siendo discreto y comedido y el aquel que actúa con disimulo actuando con exasperación son cosas distintas.
Los humanos cometemos errores, errores ,que junto a echos aislados e irrelacionables, no nos definen como personas, lo que nos define como tal es la forma en la que afrontamos las consecuencias que desencadenan los errores que cometemos, lo que nos define como seres humanos es la forma de solucionarlos. El mentiroso elegirá la mentira, el sincero la honesta disculpa. Un ególatra encontrará la forma de solucionar el problema de forma que sea el mayor beneficiado del arreglo. Un conformista solo buscará la manera de satisfacer su conciencia lo suficiente. Un perfeccionista creará un ambiente de profunda frustración en la busca de lo que lleva atormentando a la humanidad por su inexistencia durante siglos : la perfección.
El tiempo nos cambia y nos hace ser diferentes. Consigue modificar los diferentes aspectos ya existentes de nuestra personalidad, aquellos que están ocultos bien adentro.
Seguiremos creyendo que tenemos el poder de cambiar las cosas, que en nuestras manos está la decisión de alterar nuestra más intangible esencia. Seguiremos creyendo que somos omnipotentes, que todo es cambio, que todo fluye, cuando todo aquello que nos rodea, no es más que una engañosa variedad de formas que adopta un mismo todo. No podemos cambiar lo que nos rodea, ni tampoco la sensación de tener el poder para hacerlo. Somos incorregibles, y eso, junto con el inevitable ir del tiempo, nunca cambiará.
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