Todos nos aferramos a algo, aferrarse es una de nuestras mayores herramientas de defensa, uno de nuestros más importantes e imprescindibles mecanismos de autoprotección.
Unos se aferran a una utopía, a un ideal irrealizable que les confiere cada mañana la fuerza necesaria para seguir luchando. Otros se apegan a una imagen, una foto enmarcada y tras cristal sobre la que verter el malestar y la frustración de que este mundo se esté convirtiendo cada día en un lugar peor, un rincón al que traspasar la sensación de desprotección que desprende la crueldad que flota en el ambiente. Otras personas se aferran al amor, al amor que sienten por los demás para seguir hacia delante, para poder pensar que aislando lo peor de las personas en un rincón muy profundo de sus corazones el mundo no es un lugar tan malo. Pero si algo he aprendido en esta vida, es que aquello a lo que mas nos aferramos es al odio. El odio es quizás la más fuerte y falsa de nuestras emociones, pues está presente en nuestro día a día de muchas formas diferentes.
Hay bastante de odio en la envidia, pues no es más que tener el suficiente odio por uno mismo cómo para necesitar ver a los demás odiarse a sí mismos tanto como lo hacemos nosotros.
Hay mucho de odio en el rencor, que no es sino otra palabra para describir a aquellos que sienten que permanecer en el recuerdo de un pasado nada glorioso puede hacer más infeliz a aquél al que se le recuerda que no formó parte de él.
Existe odio en la indiferencia ya que aquellos que se decantan por la ausencia aparente de sentimientos, no pretenden nada más que ocultar los senderos de oscuridad que llevan escritos en el corazón.
Existe algo de odio en el amor, en la ternura, y en el olvido.
El odio compartido es algo que nos une, que nos hace a la vez más fuertes y vulnerables. Nos acompaña en cada momento del día, por la noche enturbia nuestros sueños, perturba nuestra mente y nubla el poco buen juicio que queda en nuestras cabezas.
Pero queda algo más que la resignación ante la invasión de negrura, envidias ancestrales, rencores infantiles y pueriles pataletas disfrazadas de elocuentes y pomposas disputas.
Queda odiar al odio, mostrarle en su propia cara como es invadir y envenenar hasta el último rincón de una sana conciencia, resistiendo hasta que un día por fin se vaya, dejando tras de sí equilibrio, paz y una sensación de amarga victoria. El odio precisa probar su propia medicina.
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