Gotas de plata metalizan la sonrisa que se escapa entre el pelo que me tapa la cara. Nunca creí poder estar sentado enfrente de ti y poder soportarlo con tanta naturalidad, no soy una persona a prueba de bombas, y de hecho a la mínima mi corazón se acelera, revienta para luego volver a ralentizarse más tarde. Soy fugaz, e intermitente, soy volátil, irascible, indeciso. Todo el valor reunido en horas de autodestrucción neuronal se esfuma en un estúpido suspiro en cuanto la paradoja del momento desarma por completo los esquemas marcados a conciencia en mi cerebro. Tengo una memoria rara, podría decirse que poseo un extraño filtro para mis pensamientos: recuerdo tu foto, el color, el texto de la foto, incluso podría acordarme aproximadamente el tiempo que estuvo puesto en tu perfil, sin embargo, tendrás que repetirme mil, dos mil y una veces dónde he dejado tirado mi corazón, pues suelo dejarlo olvidado en un rincón, llorando amargas cuitas que a duras penas alcanzo a comprender. Mi debilidad es una de las paradojas que enfrentan el escaso equilibro que atisbo a alcanzar a traspiés en mi complicada vida, enfrentando ésta con la facilidad para dominar situaciones extremas externas, ajenas, impropias. Desconozco el significado de la tristeza, mas soy capaz de ver más allá de las propias cosas, que banales y sencillas, se presentan ante nosotros como un cuadro, cubista pero a la vez frívolo, poniendo a prueba nuestra imaginación utópica y de ciencia ficción, tratando de desorientar nuestros sentidos en la tarea de interpretar el jeroglífico.
La muerte está tatuada en la sonrisa del tercer hombre a la derecha, el cuarto se siente desdichado, y muestra una sonrisa periódicamente cada tres segundos, queriendo dar la imagen a sus compañeros de que está todo en orden, pero el simple hecho de que lo haga de forma repetida cada poco tiempo, demuestra la intencionalidad de la sonrisa, pues este gesto, cuando es sincero, se muestra de todo menos intencionadamente. En la cara de seriedad del hombre de la segunda mesa, se esconden, miedo, desconfianza y tensión, cosas que de salir a flote provocarían su inmediata derrota en el extraño juego que el pulso de la vida nos obliga a jugar a todos. El de la cuarta mesa a la izquierda ha tirado los dados y ha perdido el póker contra el que está a su derecha, el continuo frotar de sus dedos, el brillo en su frente, la oscilación bucólica de sus ojos de izquierda a derecha continuamente como si de una veleta en plena tormenta se tratase, el intenso parpadeo y la escasa humedad de sus ojos delata al que está enfrente. Todos tienen miedo, todos le temen al macabro juego. Solo parece un estúpido juego de palabras cuando lo ves desde fuera, un simple reto. La vida de una persona depende de ello, y a la vez, la muerte ya está sentenciada antes de colocar la única bala. El mundo no está hecho para débiles, ni tampoco para tontos, todo aquel que sea incapaz de esconder alguna de sus debilidades carece de adaptación social, y la supervivencia del propio grupo, puede considerarse como una macabra automarginación.
El tercero por la derecha aprieta el gatillo, un sonoro y brusco ¡BUM! resuena por toda la trinchera a la vez que la sangre sale disparada en todas direcciones pintando de rojo la hasta hace poco blanca pared que rodea al grupo. La ruleta rusa ha terminado, se ha saldado ya su víctima. El mundo actual descifra el significado de la vida a través de los números, solo importan las cifras, nosotros perdemos importancia bajo golpes de estadística y probabilidades, nuestras virtudes y defectos, nuestra pasado y nuestro futuro, las vivencias, los recuerdos y el entresijo de nuestros ideales, pensamientos, el calibre de nuestras peculiaridades, complejidades y características únicas e intransferibles quedan atrapados entre los límites finitos de un solo dato, de una sola cifra, de un solo número. Uno.

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