Todos tenemos en nuestro interior un poco de oscuridad, mezquindad, crueldad y cinismo que pugna por salir en todo momento. Algunos aprovechan para cebarse con sus más allegados, otros alcanzan sus metas alzándose sobre cualquier otro que las comparta, hay quienes cargan su amargura sobre hombros ajenos y también quienes apuntan con la flecha de su maldad a todo aquel que osa enfrentarse a él. Pero algunos, movidos por algún atisbo de bondad y por la poca educación que podamos haber recibido de esta pútrida y corrupta sociedad, descargamos nuestros pesares en palabras, en ciudades literarias, en mundos ficticios de prosa y verso en los cuales, sólo el ignorante, corre el peligro de perderse.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Inevitable.

Hemos perdido el juego,al llegar al final de la carretera nuestro trayecto terminará.
Prometimos que estaríamos juntos hasta el final, que todo aquello por lo que luchamos con ímpetu, con vehemencia permanecería ahí para que pudiéramos contemplarlo en los albores de la tempestad, que estaría ahí siempre para recordarnos que todo aquello por lo que peleamos a contracorriente mereció la pena. Teníamos la opción de volar o hundirnos, luchar o morir en el intento de reconducir nuestras vidas a un punto fijo, a un lugar seguro.
Pero el aire empezó a pesar, la luz del sol comenzó a quemar el interior de nuestros corazones, las distancias cortas se volvieron interminables y cada vuelta de reloj se transformó en un intervalo de tiempo indeterminable, intangible. Cada momento que pasamos juntos empezó a volverse oscuro,  misterioso, y tal vez, la presión de transformar todo lo imposible en parte de nuestra rutina, se volvió en nuestra contra.
Volar a hundirnos, el abismo se cernía sobre nosotros mientras forjábamos un lazo que parecía poder sobrevivir al más grande de los cataclismos, incluso al mayor de todos los desastres. Luchar o morir, la catástrofe era inminente, el desastre, inmediato, y sin embargo nosotros, enfrascados en una guerra de corazones eterna, parecíamos no darnos cuenta de que el todo que construimos tú y yo a partir de la nada volvía a su punto de origen irreversiblemente.
Volar o hundirnos era nuestras opción, y mientras decidíamos cual de las dos era la más  inteligente, nos hundimos sin quererlo ni evitarlo, nos hundimos tan hondo, tan adentro de nuestros propios corazones , que sin quererlo ni evitarlo, nos volvimos una sola persona.

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