Tengo mi buena suerte metida en un cajón, no vaya a ser que cualquier día me haga falta. Mientras tanto, me abandono en manos del azar, del cruel destino y de las misteriosas fuerzas que rigen el funcionamiento de este todo.
Todo es cuestión de las decisiones que tomemos, aquello que nos rodea no es nada más que circunstancia, nada más allá de la pura casualidad. Dejémonos llevar, engañémonos un poco cada día, mintámonos un poco cada amanecer, permitamos que nuestra subconsciencia tome el control de nuestros actos. El caos y la amalgama de incongruencias que denota nuestra humanidad se ha perdido fluyendo en otro tiempo, y ahora, mañana, y los días que nos quedan, todo aquello que haya sido hasta ahora, no será ya nada nunca más.
Nos quedamos tú y yo al abrigo de la nada, rodeados de un sin fin de infinito, de un imposible vacío. Enredados en una danza onírica de sentimientos enterrados, olvidados, desenmascarados en esta nueva perecedera puesta de sol otoñal.
El reloj ejerce impertérrito su dictadura, y toda la nada que nos rodea se disipa en mitad de gritos, de órdenes, llanto y obligaciones, mientras túi, yo, y todo ese infinito desorden que nos rodea, toda esa entropía universal que nos atenaza a un agujero negro de impaciencia, fluimos en un nuevo mundo, un nuevo lugar, inventado única y exclusivamente por y para aquellos que, a pesar de vivir con los pies pegados a la tierra, sueñan con un mundo mejor un poco cada día.
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