Se ha roto el silencio, se ha roto igual que cuando la tormenta irrumpe en la calma. El vacío y la soledad no son un simple reflejo de nuestro ser, pues junto con el dolor, no son más que una extensión extracorpórea de nosotros. Las alegrías y las esperanzas son un manto de dulce brisa al atardecer en un caluroso día de verano, un analgésico para una fuerte jaqueca, un pequeño haz de luz que se cuela entre las nubes, son como las primeras flores de la primavera, como las primeras gotas del otoño. Ambas forman un conjunto, un círculo tan sólido y vívido un instante, y tan frágil y efímero al siguiente.
El dolor, la parálisis emocional de nuestras percepciones, no es más que la realidad que nos acompaña en cada momento y en cada lugar, a veces oculta bajo una capa de cristal translúcido, bajo el círculo de vaguedades y temporalidades que nos permiten liberarnos de nuestra esencia, de esa parte de nosotros intangible pero imposible de desterrar, pues apartarla de nosotros desgarraría nuestro interior psíquica pero también físicamente.
Es aquello que subyace, que prevalece, que se muestra cuando lo temporal finaliza, cuando lo que se ha de terminar acaba. Lo que está siempre cuando no lo necesitas, aquello que permanece junto a ti hasta que te acostumbras y asumes su inherencia y su absoluta perpetuidad. Pero, no obstante, siempre nos quedará esperar el rayo de luz, esa gota y la brisa para que calmen nuestro lacerante dolor, nuestro inherente dolor.

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