¿Se puede perseguir un sueño, una fantasía, una ilusión? La realidad se confunde con mis sueños en un matrimonio de desenfreno onírico y salvaje. El mundo real ya no me parece seguro, y para no perderme entre la crueldad y el odio, me invento un mundo que ni yo mismo pueda destrozar.
La soledad de mi pensamiento no es ya la más grande de mis soledades, y cuando acuda el invierno a llamar a mi puerta, ella será la única que me acompañe, que me abrigue. Recorreré los entresijos de la misera humana, y aún así nunca conseguiré descubrir que nos incita a seguir luchando. Dejar de soñar es la parte más dura del día, levantarse un ritual de sacrificio a los dioses bárbaros antaño venerados. El tiempo ha dejado de fluir por mis venas, mientras el otoño inunda la antesala de mi locura.
Quiero dejar de sentirme culpable cada vez que cojo aire al respirar, quiero dejar de sentir que todo lo que es mío no me pertenece, y me gustaría sentir aunque fuera por una sola vez en la vida, que pertenezco a algún sitio que no sea mi universo de fantasía y ensoñación. Las palabras se pierden entre el viento que nos arrastra hacia el fin. Un fin tan esperado como desconocido.
¿Se puede perseguir un delirio, un fantasma, una enajenación? ¿Se puede amar más lo soñado que lo vivido?
Viajaré buscando la respuesta, pero mientras no seré capaz de distinguir si estoy despierto o en medio de la peor de mis pesadillas.

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