
Ninguna meta nueva. La carrera de obstáculos finaliza en el destartalado rincón de siempre. La vida ya no brinda nuevos horizontes, se ha quedado en la monotonía, encasillada en el inmovilismo.
Los recuerdos se amontonan a la orilla del mar, como castillos de arena, que amenazan con caerse y desmoronarse mientras esperan la llegada de la marea para ser engullidos por la inmensidad de la nada. No nos queda tiempo para resistir en el aire, las agujas del reloj nos lo han robado en una sinfonía de tic-tacs caóticos que se arrastran sin fin a nuestras escondidas, robándonos la esencia, nuestra esencia, dejándonos marchitos y obsoletos como flores mustias sin que nos demos cuenta. Dentro de poco repasaremos nuestra infancia con solemnidad, como algo cercano y lejano a la vez, algo que podemos tocar con los dedos de nuestra memoria, pero no con los de nuestras manos, para más tarde, en un abrir y cerrar de ojos, perder toda noción de nosotros mismos transformándonos en seres egoístas y egocéntricos. El mar avanza lentamente hacia la orilla, las tímidas olas horadan poco a poco los castillos de arena con esfuerzo erigidos en el aire, recuerdos trapecistas que soñaban con alcanzar la inmortalidad alejándose del suelo. Y uno cae, y otro cae, el de la izquierda, el que tenía cuatro torres, el de las ventanas bien hechas y el del puente levadizo demasiado estrecho mientras el niño que fuimos los contempla con ojos melancólicos, llorosos e intranquilos percatándose de que su tiempo se ha acabado, que al sonido del tic tac, otra persona diferente ocupara el trono y que ya no es tiempo de construir castillos en la arena. El tiempo nos roba a caba minuto, un poco de lo que fuimos, pero aún quedamos algunos que día a día tratamos de no olvidar aquello que hemos sido, que al fin y al cabo, es lo que tenemos y lo que somos.
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