
Miro el reloj contando como se van los segundos y los minutos, las horas, los días y los meses. Me asusta el paso del tiempo, parece mentira pero se va, rápido, fugaz, sin que tan siquiera podamos degustarlo, saborearlo, ni mucho menos alcanzar a tocarlo. Me asusta el paso del tiempo, nos pasamos la vida preparando un momento, soñándolo y luchando por él, para que cuando éste llegue, perdamos todos nuestros objetivos quedándonos momentáneamente desarmados, con la mente en blanco y el tiempo congelado. La pérdida de un objetivo ha causado la quiebra de nuestras vidas, perdemos el norte y el rumbo, nos desviamos de un lado para otro, siempre buscando una salida, salida de un lugar en el que no recordamos haber entrado. Cuanta confusión, cuanto enredo e indecisión. Mientras unos ríen otras lloran, mientras unos trabajan otros descansan, mientras unos comen otros mueren de hambre, y ante esto, cada uno de nosotros parece indiferente a la agonía del otro. Somos los creadores de un mundo que gira alrededor de nosotros, y cualquier cosa que se escape a nuestro alcance es odiaba, ignorada, despreciada e infravalorada. El tiempo parece no significar nada para nosotros, pues lo tiramos y desaprovechamos sin miramientos ni reproches, y como cualquier cosa incontrolable por nuestra "infalible" lógica digital y matemática es desterrada al cajón de objetos inutilizados y olvidados que todos tenemos en alguna mesilla de noche, yo lo sacaré esta noche, para volver a vivir dentro del tic tac de los relojes, descolgándome de la parálisis cerebral que el tiempo congelado nos ha causado.
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