Unas veces se gana y otras se pierde. Nos arriesgamos, nos exponemos al fracaso, y aún cuando creemos estar preparados para él, nos azota en el centro de nuestro orgullo y nuestra confianza, nos hiere, nos hace pequeñitos, nos confina en una cajita estrecha y oscura.
Luchamos por el éxito, a veces más por nosotros mismos que por ninguna recompensa. Luchamos por sentirnos vivos, por hacernos un hueco en el mundo que nos rodea, una tribuna en primera fila en la obra de alguien cercano. Luchamos por avivar llamas casi extinguidas, luchamos batallas perdidas de antemano, por causas perdidas. Intentamos conseguir cosas que nos harán daño, peleamos por relaciones que nos destruyen por dentro.
Quise intentar que la casualidad fuera más allá de aquel momento, quise prolongar la dicha que me recorría por dentro, quería que me ayudaras a salir del letargo, de este largo invierno de tristeza y soledad. Puse más empeño que nunca en no dejar que cayera en el olvido, en no dejar que la monotonía volviera a abrazarme con su letal abrazo. Lo intenté con tantas fuerzas que no creí reconocerme a mí mismo y fracasé. Ahora me toca recomponer los pedazos de mí que se han roto, guardar a buen recaudo aquellos que no tienen arreglo y volver a crecer para salir de esta caja fría, estrecha y oscura que me encierra.

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