Todo lo que soñamos puede desvanecerse en una palabra, en un beso, en una última caricia. Todo puede marcharse sin sentirlo, y al tratar de recordar nuestras propias sensaciones, sentimos el vacío en nuestro interior, imperceptible, diminuto, lacerante, inmenso, gigante, abrasante, insoportable, y cada vez irá carcomiendo tu interior en una espirar de olvido y vacío que se autolimento de tu dolor. Verás todo más difícil, acaso imposible, y aún así econtrarás el modo de salir adelante, pues nuevos sueños surgirán de la nada, llenando poco a poco el espacio ocupado por ese olvido lacerante. Otra vez nuevos caminos, sueños y esperanzas, te sientes nuevo, y quizás, pecando de soberbia por tu felicidad le regalarás tus sueños al primero que pase y habrás condenado tu vida a un nuevo episodio de epilepsia emocional.
Todos tenemos en nuestro interior un poco de oscuridad, mezquindad, crueldad y cinismo que pugna por salir en todo momento. Algunos aprovechan para cebarse con sus más allegados, otros alcanzan sus metas alzándose sobre cualquier otro que las comparta, hay quienes cargan su amargura sobre hombros ajenos y también quienes apuntan con la flecha de su maldad a todo aquel que osa enfrentarse a él. Pero algunos, movidos por algún atisbo de bondad y por la poca educación que podamos haber recibido de esta pútrida y corrupta sociedad, descargamos nuestros pesares en palabras, en ciudades literarias, en mundos ficticios de prosa y verso en los cuales, sólo el ignorante, corre el peligro de perderse.
viernes, 30 de julio de 2010
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